martes, 7 de febrero de 2012

21000


No se si alguna vez lo había dicho, pero el 21 es mi número favorito. Y además, son muchísimas visitas. Gracias a todos por apoyarme, y espero poder seguir manteniendo un nivel respetable de entradas. Sabéis que esto habría muerto si nadie lo leyera.
Gracias, de verdad.
¡Acaban los exámenes!

domingo, 5 de febrero de 2012

Tomb Kuplux 4

Prosigue el surrealismo editado por el gran Kelme.




Por mi parte, apasionantes exámenes.
¡A cuidarse!

martes, 24 de enero de 2012

Magia

No se por qué, acaba de venirme a la cabeza.
Fue el viernes pasado, quedando por la noche en callao con los de la facultad para celebrar el cumpleaños de una amiga. Estábamos de momento tres esperando, y el ambiente alrededor era el típico de un viernes por la noche en el centro de Madrid.
De pronto se nos acercó un chico sonriente y nos dijo "¿Os hago un truco de magia?". En general la situación era extraña, las otras dos personas con las que estaba al parecer estaban recelosas temiendo un robo o algo así; yo simplemente pensaba "este es de los que al final cobra, fijo".
Sin embargo había algo que me gustaba en la idea, quizás por lo raro de la situación, o por la sonrisa sincera del chaval, que dije "Si sólo es magia vale" (Volviendo a recordarlo, no tengo precisamente tiento para decir frases épicas o interesantes, pero en fin...)
Tras esa frase siguieron... querría decir cuantos minutos aproximados, pero no podría precisarlo. Porque estaba totalmente absorbido por la baraja que hacía bailar en sus manos, y por los trucos que hacía, a cada cual más increíbles. Todo llevado con una maestría y un buen humor que no podía hacerte desaparecer la sonrisa de la cara. Cuando por fin terminó, simplemente nos dedicó una última sonrisa para decirnos "muchas gracias chicos, pasadlo bien", y perderse entre la multitud. No hubo robos, ni pedidas de dinero, ni publicidad de nada, ni venta de multipropiedades. Sólo hubo magia. Y la magia no era el simple hecho de hacer cosas impensables con una baraja: la magia era el que una persona fuera capaz de alegrar el día de la gente y mostrarles cosas asombrosas sin pedir absolutamente nada a cambio.
La magia fue todo lo que me hizo sentir y la sonrisa que me dejó durante toda la noche.

Así que, anónimo mago, estés donde estés, gracias.
Y nunca dejes que la magia muera.

martes, 17 de enero de 2012

Música, tecnología y posibilidad.

Últimamente me he estado fijando en ciertos vídeos de youtube. Concretamente en aquellos en los que una sola persona o dos, mediante algo tan simple como grabar (editar en algunos casos) y reproducir, un determinado número de veces, consiguen crear canciones a varias voces. Que una sola persona sea capaz de crear un efecto tan sublime con una tecnología tan simple en muchos casos.
Es algo que, sin saber exactamente por qué, me hace sentir cierta motivación. Pensar que, si realmente quieres, lo trabajas y lo sientes, puedes hacer cosas que en un principio parecerían imposibles para una sola persona.
A eso me refería con "tecnología", a lo más básico en muchos casos, no a programas a partir de los cuales puedes crear toda una orquesta sinfónica si quisieras, sino a gente que hace cada esfuerzo personalmente,y al aunarlos da forma a algo único.

Os pongo una serie de vídeos aleatorios, más o menos uno de cada estilo en general que hay de lo que acabo de comentar, y estaría bien que si conocéis otros que queráis compartir lo pongáis en los comentarios.





Llegan épocas de exámenes para todos, mucha suerte y a ser felices.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Año nuevo

En un primer vistazo cualquiera habría podido tener la razonable impresión de que aquel mundo no tenía nada de especial. Lo primero en lo que repararía un supuesto espectador sería en la leve opacidad que tiene todo aquello que alcanza la vista, como si los colores empezaran a sentir el peso de tantos años existiendo y se hubieran marchitado. Lo segundo sería la sobrecogedora quietud. Ni un sólo sonido, ni un sólo movimiento. Y pese a todo, está perfectamente poblado; casi en exceso, si se tenía en cuenta la cantidad ingente de personas que en aquella descolorida plaza se apiñan en torno a la torre del reloj, todos con la cabeza alzada a los cielos, hacia la enorme bóveda de cristal. Y es extraño ver el ambiente festivo y excitado de aquella masa en contraposición con aquella quietud hiriente en la que se hallan sumidos desde que el tiempo se detuvo sin piedad, dejando a cada uno en una posición a cada cual más extraña. La visión oscila entre lo tenebroso y lo bello, viendo tales desafíos a la ley de la gravedad sumados a la paradójica contraposición de lo que se ve, lo que se espera y lo que se siente.

Quizás en aquel momento, algo atraparía poderosamente la atención de nuestro hipotético espectador, y lo distraería en cierto modo de aquel torrente de pensamientos que despierta encontrarse en semejante mundo. Escucharía algo, alejado un poco de aquel tumulto. Más concretamente podría decir que lo que escucha son pasos, que aunque son un sonido tenue retumban como si se hallara en una enorme habitación vacía. La inminente curiosidad al descubrir tal desafío a la ley imperante le llevaría finalmente hacia el corazón de aquel mundo, hacia mi.

No podría precisar cuanto tiempo llevaba allí, y además me parecía un dato totalmente irrelevante. Toda mi atención estaba focalizada en aquella persona.

Y allí estaba él, a medio camino entre dos aceras, cruzando despreocupadamente la calle, como solía andar siempre, quizás encerrado en su mundo, con la cabeza medio volteada hacia un lado de la carretera, tratando de mirar algo que había captado su atención.

Un camión, no me atrevería a precisar su peso ni sus dimensiones, pero considerablemente grande, a escasos metros del paso de cebra, detenido en el tiempo a probablemente menos de un segundo de la colisón.

Durante mucho tiempo he tratado de analizar a su conductor. Quería buscar una causa, un motivo, algo que pudiera explicarme por qué iba a tanta velocidad, por qué no había frenado, por qué sólo tocó el claxon en el último segundo. Pero lo único que me permitía dilucidar la imagen estática de su rostro era una expresión de puro pavor. Ni arrepentimiento, ni culpa, ni somnolencia, ni embriaguez; sólo el más puro terror. Cada vez que lo miraba sufría una batalla interna, entre el más profundo y oscuro rencor que sentía por él y la inevitable lástima que me daba verle en aquella penosa situación: atrapado permanentemente en un momento donde confluyen millones de pensamientos y sensaciones para dar lugar a un único sentimiento, del miedo más absoluto ante el inevitable accidente. Quizás por eso nunca podía mirarle fijamente durante demasiado tiempo, aquella mueca contraída, aquella máscara enfermiza, era más de lo que podía soportar. Y, además, en el fondo de mi alma sabía que aunque hallara una razón para todo lo que había sucedido (o sucedería inevitablemente) no bastaría, no sería suficiente, no llenaría el vacío que poco a poco iba sintiendo crecer en mi interior.
Por otro lado tardé mucho en reparar realmente en qué situación me encontraba.

Lo primero que hice fue tratar de apartarle de la trayectoria de aquella parca metálica, pero era imposible. Al parecer, tenía el privilegio de poder estar exento de aquella maldición de Chronos, pero a su vez la limitación de no poder interactuar con ningún elemento del entorno.
Pese a la obvia imposibilidad de hacerlo tardé en asumirlo. Realmente, aunque me encantaría poder engañarme, creo que debo admitir que nunca llegué a asumirlo. No puedo especificar cuánto tiempo estuve tirando con firmeza de él hasta caer exhausto al suelo. ¿Minutos?¿horas?¿días?... difícil de precisar en aquellas circunstancias, donde el tiempo no era relevante en ningún modo. Cuando quedaba rendido, tirando sobre el asfalto, era cuando me permitía mirar alrededor y contemplar aquel singular espectáculo. En cuanto recuperaba las fuerzas volvía a la carga: una vez, otra y otra más. Siempre quedaba la pequeña esperanza de que en algún momento funcionara, y por esa mínima posibilidad no me iba a permitir rendirme en ningún momento.
Por suerte para mi, en ese tiempo sin tiempo no tenía ninguna otra necesidad. Nunca sentí hambre ni sed, ni sueño ni ganas de ir al baño. Sin embargo si que sentía algo: el hecho de poder
librarme de la prisión temporal tenía su precio. Notaba que, pese a no existir, el tiempo iba pasando para mi, se iba depositando lentamente, siendo cada vez una carga más pesada. Poco a poco iba notando cómo se acumulaba en mis articulaciones, cómo emponzoñaba mi ánimo, como hacía que mi corazón fuera encogiéndose y endureciéndose, lentamente, sin ninguna prisa pero sin cesar jamás.

En cierto momento me cansé de intentarlo. Al menos durante la mayor parte del tiempo, aunque de vez en cuando volvía a realizar pequeños intentos. Creo que fue durante ese tiempo cuando empecé a vislumbrar la razón de todos estos extraños sucesos.

Era un milagro, una oportunidad única. Pero sólo si así quería verlo, y si no lo enfocaba como un cruel castigo que ensalzaba la impotencia.

No me permitiría cambiar los sucesos, pero si al menos tratar de asumirlo y despedirme, mientras aún estuviera con vida (Si a ese estado se le puede llamar así).
Junto a ese convencimiento, me vino otro, cuyo origen no podría precisar: aquel momento interminable cesaría exactamente cuando yo quisiera. Cuando de verdad lo deseara, las ruedas dentadas del reloj que guía a nuestra realidad volverían a entrar en contacto, trayendo la vida a aquel mundo, y la muerte al mío.
Creo que mi primer impulso fue pensar en el suicidio. Algo pasional y absurdo, quizás quedarme a su lado y devolver el tiempo a su curso mientras le abrazaba. Quizás tratar de empujarle en el momento exacto, aunque era obvio que no había tiempo para eso. Me vinieron muchos pensamientos a la cabeza a la vez, la mayoría absurdos, simples productos de verme en posesión de tal poder, como las inevitables ondas que parecen en un lago al lanzar una piedra.
Cuando me calmé ya tenía una decisión firme. Pretendía despedirme, y sólo devolver todo a su ser cuando me viera preparado para ello. Una determinación infinitas veces más fácil de decir que de realizar.
Desde entonces, pasé todo el rato observándole, de arriba hacia abajo. Tratando de calmarme, de asumir todo, de dejar que sucediera lo inevitable. La verdad es que recuerdo que me sentí bastante afortunado al ver que el cese del paso del tiempo había coincidido con un momento de parpadeo. Una coincidencia casi increíble a la que estaba realmente agradecido. No creo que hubiera soportado mirarle a los ojos. Me habrían quemado por dentro con su fuego azul, y no habría podido reponerme de eso.

Y así quedó todo. Pasaron años y años. Quizás sólo 3 segundos. Sabía que todo iba a terminar y que el final estaba escrito, pero siempre veía oportuno aplazarlo un poco más. Siempre era buen momento para el último adiós, y ese adiós siempre era mejorable. Y así estuve atrapado en mi propia cárcel fabricada de impotencia y agradecimiento por la oportunidad.



En algún punto, como un flash, los colores recuperaron su intensidad, las calles su movimiento, el aire su ruido: alboroto, gritos de celebración, el principio de un frenazo y un golpe seco. En el mismo instante en el que me salpicaron gotas a la cara, mis rodillas flaquearon, vencidas finalmente por el cansancio acumulado.
Pese a toda la preparación, pese a haber podido despedirme, era imposible asumir algo que nunca había sucedido, por obvio que fuera.
Y por fin de mi interior salió aquel grito, un grito procedente de lo más profundo del alma, que se había ido cargado de desesperación durante todo aquel tiempo indefinible, pero cautivo hasta el momento por la mínima esperanza con la que negaba la realidad.

Y así, el mayor grito de agonía jamás oído rasgó los cielos, para inmediatamente quedar silenciado por una potente campanada que retumbó por toda la ciudad, seguida inmeditamente por una abrumadora voz colectiva que decía:
-"¡Feliz año nuevo!"


Creo que tengo fiebre.
Cuidaos.



lunes, 26 de diciembre de 2011

Samba

11 años. Es más de media vida mía. Es lo que hay.
26/11/12

sábado, 3 de diciembre de 2011

Raro

Gracias.